lunes, 16 de noviembre de 2009

SAPITOTOTE

Resulta que en Ayacub, lugar remoto en donde las montañas crispan nieve. Existió un enorme sapo que oscilaba entre los dos y tres metros de altura. Era un sapo feo,_no sé si haya bonitos _ negro y con manchas verdes; además unas erupciones de color amarillo que le daban un aspecto_¡guahg!_repugnante. Sus enormes ojos rojos parecían salirse de sus cuencas. Todo él: una plasta de despiadada asquerosidad.

Con sus saltos impresionantes sobrepasaba las copas de los árboles y al caer en tierra provocaba un fuerte estruendo; a la vez una enorme nube de hierba y polvo, desdibujaba el ambiente; tornándolo grisáceo y desparpajado.

Era la vida del sapo siempre la misma canción. Después de sus recorridos, terminaba abatido y ya muy pasada la noche, se refugiaba en una cueva que se encontraba en las cercanías del bosque. Durante el día se dedicaba a comer y más comer; atemorizando a los insectos y bichos que merodeaban el lugar. ¡Pobrecitos animales, con el tiempo, todos serían presa del descomunal sapo!

Sus desechos eran gigantescos y con un olor ¡uff! Insoportable, hasta los árboles se encogían con tal desagradable panorama.

Cuando era pequeño el sapo _ un metro de altura _ sintió la necesidad de recorrer otros lugares, para saciar su hambre, pero fue ya de grande cuando decidió marcharse hacia el lugar de las antorchas.

La gente se atemorizo ante tan macabro hallazgo.

_ ¡Corran, huyan un monstruo se acerca! ¡Es enorme, por piedad, nos va a mataaar!
No hubo un valiente que lo enfrentara. Todos huían despavoridos; mientras la mole de grasa continuaba con su recorrido. Cuando la gente se cansó de correr, espero lo peor, mientas el sapo seguía embistiendo todo a su paso. Es sabido que los sapos no comen carne humana, mas quién va a reflexionar en esto cuando esa enorme alimaña se acercaba. Tenían miedo de morir devorados. Se imaginaban como poco a poco sus miembros serían cercenados por las fauces de ese indómito animal. La aldea era un completo caos; desenfrenada avalancha de pánico. El sapo terminó agotado_ apostándose allí a un lado de un árbol y una de las casas _ increíble, estaba dormido la gente lo veía ahí y creyeron que era el momento oportuno para matarlo.

_¡No, su piel es muy gruesa, sólo provocaríamos su furia!_señaló alguien.
_ ¿Pero, entonces que hacemos?_se escuchó otra voz preocupada.
_Esperemos a que se vaya_dijo uno de los presentes.

Cuando el sapo despertó (estaba más tranquilo, demasiado tranquilo), tenía una mirada aunque no lo crean: tierna, cariñosa… amigable. Sí, estaba sorprendido de ver esos animales extraños que a diferencia de otros caminaban con dos patas levantadas, ¡ah! y que tenían la capacidad de gruñir en muchísimas formas._Eran unos verdaderos merolicos_. Completamente unos payasos, pues cubrían sus cuerpos y se sentaban en objetos que ellos mismos fabricaban. _Total, así es el mundo, pensaba el sapo.

Recobrados del asombro los moradores de Ayacub, vieron que el sapo no era malo, sólo demasiado extraño; y aún con un poco de temor, dos de los habitantes de esa bella región, se fueron acercando sigilosos; encontrando que el sapo en lugar de atacarlos parecía sonreírles. Eso les dio la suficiente confianza para llegar y casi tocarlo.
Esperaremos a que se aleje _ dijo uno de ellos _ para que recobremos nuevamente la paz.
Mas pasaron las horas y el sapo no daba indicios de quererse marchar.
_Tengo una idea, una magnifica idea_ expresó el líder de los aldeanos_. Lo alimentaremos e invitaremos a los pueblos cercanos a que vengan a conocer a éste fantástico animal. Y así lo hicieron; mucha gente venía de los alrededores para ver al sapo y a la vez pagaba por hacerlo.

Los aldeanos estaban muy contentos, ya que en su nuevo empleo, verdaderamente les iba muy bien. Hasta se las ingeniaban para hacer crecer su negocio. Ya que también cobraban: por el niño o adulto que deseara dar un breve paseo. Lástima que en ese tiempo todavía no se había inventado la cámara fotográfica, si no hubiese sido un negocio redondo.

¡Quién lo iba a imaginar que todo terminaría de una manera extraordinaria! En cuanto había oportunidad; el sapo y los aldeanos pasaban momentos muy pero muy felices. Al sapo le encantaba jugar fútbol y siempre quería ser portero, pero los aldeanos casi no lo dejaban jugar en esa posición ya que dejaba muy poco margen para anotar gol y eso que la portería de él la ampliaban al doble. Como en ese tiempo no había balones, se las ingeniaron para hacer una enorme bola de zacate; lo malo era que cuando el sapo metía gol, nadie lo quería cargar. En cambio el los besuqueaba a todos. En otras ocasiones los aldeanos le levantaban las patas traseras al sapo como si fuera una carretilla y el iba haciendo con la trompa: croac, croac, croac, croac. Y al momento todos pegaban la carcajada.

Nuestro querido sapo al que habían puesto por nombre sapitotote, con el paso de los días ya era un viejo y achacoso anfibio. Al que lamentablemente muy pronto le dirían adiós; mas tendrían el consuelo de escucharlo croar desde lo alto del cielo, cuando las lluvias torrenciales se besaran con la Tierra.

Llegó el día que nadie quería, Sapitotote tuvo que marchar al paraíso azul; increíble como la gente puede encariñarse de una mascota, haciendo surgir sentimientos escondidos: que hacen al ser humano una persona valiosa.

Cuando todo era gris como el cielo que en ese instante se torno oscuro; una intensa lluvia se presentó en la aldea. El agua no cesó hasta después de varias horas.

Al día siguiente muy temprano se escuchaba un sonido familiar: era una infinidad de ranas y sapos que al unísono croaban y saltaban de alegría. De pronto un estruendo se escuchó en las alturas y en el rostro de los aldeanos, una sonrisa de agradecimiento, se manifestó: Sapitotote seguía latiendo en cada corazón.


FIN

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