Ese día del MAESTRO
procuré ser más atento
con mis alumnos.
Imaginé que cumplía años
y que varios de ellos
me obsequiarían un regalo.
Hubo algunos jóvenes
que me dijeron felicidades.
Mas noté frialdad
en sus palabras;
sentí que mi presencia disgustaba,
que para ellos no importaba.
Continué hacia mi salón,
pensando: ¡Vaya tonto,
cómo fuiste a escoger
ésta profesión!
Sirves de payaso, te ignoran.
Te hacen sentir que estás
a su disposición.
Ya en la clase
tuve el premio que quería,
al sentarme no me di cuenta
que alguien con malicia
había pegado un chicle
que quedó estampado en mi pantalón.
Sentí tristeza,
sentí dolor.
¿Por qué pagarme así
cuando yo sólo busco
en el educando
la superación?
Cuando por fin terminé
con mi día de labores.
Llevaba mi alma arrastrando,
llevaba mi sonrisa encogida.
No llevaba nada…
ni siquiera ilusiones.
A punto de salir a la calle;
escucho la voz de una alumna:
¡Profe! ¡Profe!:
“Le traje este regalito”.
Simulé una sonrisa
y dije gracias.
¡Era un mugre llavero!
¡Me dieron ganas de tirarlo!
¿Es esto lo que merezco?
¿Es esto lo que valgo?
Partí a mi casa
completamente desilusionado.
Ya más tranquilo,
ya más calmado.
Recordé que esa niña
era humilde, y que tal vez,
se había quedado sin lonche
y sin refresco por hacerme un regalo.
Hoy vuelvo a clases
con el ahínco de siempre.
Esperando que algún día
alguien me diga:
Gracias a usted
en la vida he triunfado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario